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Ensayo · Lao Tse

Soltar el timón

Por qué dejar de dirigirlo todo no es perder el rumbo.

9 junio 2026 3 min Lao Tse · Friedrich Nietzsche

Imagínate a alguien solo en un bote pequeño, mar adentro. La corriente va clara hacia un lado, ancha y tranquila, justo en la dirección a la que él igual quería ir. Y sin embargo ahí está: remando en contra. No porque la corriente esté equivocada, sino porque soltar el remo se le parece demasiado a rendirse. Prefiere llegar agotado pero al mando, que llegar descansado pero llevado.

A todos nos pasa, de un modo u otro. Hay una parte nuestra que cree que dirigir es lo mismo que existir. Que si no estamos al timón —de la reunión, del plan, de la conversación, de la vida de los demás— entonces no estamos haciendo nuestro trabajo. Y hay épocas en que esa parte aprieta más fuerte, en que cuesta soltar lo que uno fue.

Porque eso es lo que defendemos, en el fondo: una versión de nosotros mismos. El que siempre tiene el control. El que resuelve. El que optimiza. La defendemos con fiereza, y la confundimos con lealtad: "así soy yo, esto es lo que me trajo hasta acá". Pero aferrarse a un patrón solo porque alguna vez funcionó no es nobleza. Es una jaula con forma de virtud.

Hace veintiséis siglos, en China, un viejo llamado Lao Tse escribió un libro pequeñito, el Tao Te King, y dejó ahí una idea que todavía incomoda: wu wei, que significa actuar sin forzar. No es no hacer nada. Es dejar de empujar contra el curso de las cosas. Lao Tse miraba el agua y decía que no hay nada más blando que el agua, y sin embargo nada la supera para vencer lo duro. El agua no rema contra la corriente. Es la corriente. Y termina partiendo la piedra.

El que rema para demostrar que manda llega reventado. El que entendió a Lao Tse lee la marea y se deja llevar, y llega más lejos sin gastarse. Soltar el timón, ahí, no es perder el rumbo. Es confiar en que la corriente, que va a donde uno igual quería ir, no necesita que uno la pelee.

Pero queda una culpa. Soltar al que fuimos se siente como una traición. Y ahí entra otro, mucho más cercano. Friedrich Nietzsche, en mil ochocientos ochenta y tres, escribió Así habló Zaratustra, y contó una historia sobre cómo cambia el espíritu de una persona. Dijo que primero somos camello: el animal que se arrodilla para que le carguen todo el peso, todos los "debo", todos los deberes y las lealtades. El camello es fuerte, orgulloso de su carga. Después, si hay suerte, viene el león: el que ruge un "no", el que se planta y dice que ya no carga lo que no eligió. El león conquista la libertad. Pero el león todavía pelea.

La última transformación, la que importa, es el niño. El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, una rueda que gira por sí misma. El niño no arrastra la culpa de haber soltado, porque ni se acuerda del peso. Juega, crea, empieza de nuevo. Superar al que uno fue, sin culpa, es exactamente eso: dejar de ser el camello que carga por lealtad, atravesar al león que dice basta, y llegar al niño que recomienza limpio.

Hay un lugar donde todo esto se vuelve urgente, y es con la gente. El que vive al timón tiende a hacer algo feo sin darse cuenta: trata a las personas como proyectos. Las diagnostica, las mejora, las gestiona. El amigo se vuelve un pendiente por resolver; la familia, un proceso por hacer más eficiente. Y a una persona no se la optimiza. Se la encuentra. Una conversación sin agenda, donde no estás arreglando a nadie, es de las cosas más sagradas que hay, y casi siempre ocurre en lo más ordinario: una mesa, un café, un rato.

Así que la praxis es simple, aunque no sea fácil. Una: donde te descubras agarrando el timón, da un paso atrás a propósito. No dirijas esa reunión, no propongas la ruta, deja que la corriente del grupo decida, y fíjate qué aparece. Dos: cuando todo vaya bien y te den ganas de comprometerte a todo, espera un latido. Di que sí a menos, y cumple lo que dijiste. Y tres: elige a una persona y resiste las ganas de mejorarla. Solo estar. Encontrarla, no gestionarla.

El que fuiste cumplió su propósito. Le puedes decir gracias. Y después, soltar el remo. Eso es hacerla linda.

Si le sirve a alguien, pásaselo

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