Perseguir no es querer
Por qué el entusiasmo se apaga justo cuando la cosa deja de ser incierta
Es el día siguiente y la emoción bajó. Ayer había un zumbido; hoy, café frío y algo parecido a la decepción pero sin objeto. Lo que ayer parecía urgente hoy da pereza. Y llega la pregunta fea: ¿por qué nada me dura?
Conviene notar qué se apagó. No la persona, ni la oportunidad, ni el proyecto: se apagó la incertidumbre. Y si el interés se va con ella, buena parte de lo que parecía deseo era la tensión de no saber. Eso no convierte a nadie en un monstruo: es una máquina vieja que mantiene a un animal en movimiento. El problema empieza cuando se la usa de brújula: una brújula que solo apunta a lo que falta nunca apunta a lo que ya se tiene.
Lo que se apaga al día siguiente casi nunca es el valor de la cosa. Es la tensión de no saber si iba a ser tuya.
En un huerto a las afueras de Atenas, hacia el 300 a.C., Epicuro comía pan con queso y decía que eso era una fiesta, lejos del hedonista de lujo que la palabra epicúreo terminó nombrando. Su aporte no fue defender el placer: fue clasificarlo. En la Carta a Meneceo separa el placer en movimiento, el que ocurre mientras algo se consigue y existe solo mientras dura el proceso, del placer en reposo, lo que queda cuando ya no falta nada. Suena a poco hasta que se entiende: es el único placer que no necesita que algo esté ocurriendo. No depende de una novedad ni de un resultado pendiente: está cuando el ruido baja. Hay dos placeres, y casi todos ven solo el que se acaba.
Por qué se acaba lo explicó, con pésimo carácter, un señor que vivía en Fráncfort con un caniche. En El mundo como voluntad y representación, de 1818, Arthur Schopenhauer sostiene que en el fondo de todo hay un impulso ciego —la voluntad— que no quiere nada en particular: quiere. De ahí su imagen más exacta: la vida oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento. Mientras falta algo hay tensión; se consigue, hay un alivio corto, y llega el aburrimiento, tan intolerable que la voluntad fabrica una falta nueva.
Su receta —renunciar al querer— se puede dejar en la estantería; su diagnóstico no. Si el vacío llega igual con cualquier objeto, el vacío no informa sobre el objeto: informa sobre el mecanismo. Y nada importante se decide en el punto bajo del péndulo, igual que no se decide en el alto.
Falta la parte que reconstruye. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, aporta dos herramientas. La primera es héxis: el carácter no se tiene, se forma por repetición. Nadie es valiente y por eso actúa con valentía; actúa con valentía muchas veces y de ahí se forma la valentía. Quien salta de emoción en emoción no tiene un problema de deseo sino de héxis: nunca se queda lo suficiente para que algo se forme, y cada salto se siente como libertad cuando es lo contrario: quedarse en el punto de partida, con una biografía llena de comienzos.
La segunda clasifica los vínculos: hay amistades de utilidad, de placer y de carácter. Las dos primeras se disuelven al desaparecer su causa: cuando ya no hay provecho, o ya no se la pasa bien, no queda nada porque no había nada más. Solo la tercera resiste, por una razón que él remarca: es lenta. Requiere haberse visto en varias versiones y haber estado ahí cuando no era divertido.
Los amigos viejos no brillan porque el brillo es una propiedad de lo incierto, y ellos ya son ciertos. Eso no los hace menos: los hace de otra clase.
Queda lo que hace daño en silencio. Quien reconoce este patrón suele concluir con una acusación —soy inconstante, soy superficial— dicha con un tono que nadie usaría con otro sin perder la amistad. Esa frase no describe nada: es un insulto con forma de diagnóstico, y con eso no se trabaja. El dato sería mi interés cae cuando cae la incertidumbre, y eso sí se puede mirar. Detrás de la dureza suele haber una idea que nadie examina: que uno ya debería ser una autoridad en su propia vida. No existen los expertos en vivir; existen personas que llevan más años tomando notas.
En concreto. Antes de descartar algo porque ya no emociona, separar dos frases que se sienten idénticas: esto no me sirve y esto ya no es incierto. Si la honesta es la segunda, no es momento de decidir. Escribir el inventario de lo que quedó, no de lo que falta. Buscar hoy a un amigo viejo, no para procesar nada sino para estar: esos vínculos viven de frecuencia, no de eventos. Y repetir una cosa: una hecha treinta veces vale más que treinta empezadas.
Perseguir es una sensación: llega sola, sube rápido y se va sin avisar. Querer es una decisión que se repite: no produce zumbido y es la única que a los cinco años sigue estando. Lo que queda cuando baja la emoción no es el resto. Es lo que había.
Si le sirve a alguien, pásaselo