Mostrar no es lograr
El reconocimiento que ningún logro alcanza
Hay un dolor que casi nadie sabe nombrar. Es el del que trabaja mucho, lo hace bien, gana respeto, y aun así siente un vacío raro: una soledad con buena reputación. Lo aprecian, sí, pero por lo que produce, no por quién es. Si dejara de rendir, intuye que el aprecio se iría con la última entrega. De eso te voy a hablar: de la diferencia entre lograr y mostrar, y de por qué el reconocimiento que de verdad buscamos no se le puede dar a una obra. Solo a un rostro.
El primero en nombrar el escondite fue Jean-Paul Sartre, en El ser y la nada, de 1943, con su idea de la mala fe: mentirnos para no cargar con el peso de ser libres. Su ejemplo es un mozo que actúa "de mozo", tratándose a sí mismo como una cosa. Pero ningún ser humano es su función: la cumple y la desborda. El truco tiene una ventaja secreta: si soy lo que hago, no tengo que responder por quién soy; me basta con rendir. A veces no nos escondemos en un oficio humilde sino en el rol brillante: "el que resuelve", "el imprescindible". Uno se esconde detrás de esa figura para no aparecer él, desnudo, sin currículum. La reputación es cómoda porque es un yo terminado que no tiembla. Pero es un yo sin rostro.
Si no ser visto duele tanto, hay que entender por qué no es vanidad. Ahí entra Georg Hegel, en la Fenomenología del espíritu, de 1807: el yo no se hace solo, llega a ser plenamente sí mismo solo a través de la mirada de otro. El reconocimiento no es un lujo emocional; es la estructura por la que una persona se vuelve real ante sí. Por eso no ser visto duele como duele. Y un siglo y medio después, otro alemán, Axel Honneth, lo aterriza en La lucha por el reconocimiento, de 1992. Distingue tres terrenos donde nos hace falta ser reconocidos: el amor, ser valorado en lo único que uno tiene; el derecho, ser respetado como igual; y la estima social, ser apreciado por lo que aportas. Y advierte: confundirlos mutila. Si pones toda tu necesidad de reconocimiento en que valoren lo que produces, te faltará siempre lo que solo da el amor: ser visto en lo que eres. El logro da estima hasta el techo; pero si el hambre es de la otra clase, ninguna cantidad la llena.
¿Dónde se aprende a salir del escondite? Lo responde Martin Buber, en Yo y Tú, de 1923. Nos relacionamos de dos maneras. Una es Yo-Ello: el otro es un objeto que uso, mido, del que obtengo, la relación del rendimiento. La otra es Yo-Tú: el encuentro con alguien al que no reduzco a función, ante quien me presento entero y que se me presenta entero. Buber lo resume así: "todo vivir verdadero es encuentro". Solo ahí, sin máscara y sin cálculo, uno llega a ser plenamente persona. Y ese encuentro exige lo que más miedo da: mostrarse sin la armadura de lo que uno hace. El corazón deja de hablar en silencio no en la vitrina de los logros, sino frente a alguien que no te pide resultados.
Cómo se usa. Primero: antes de ofrecerte, distingue si vas a dar una obra o un rostro. Una cosa dicha de verdad, algo que sientes y no que conseguiste, hace más por que te vean que diez logros. Segundo: cuando no sepas qué piensa el otro de ti, no le creas a tu interpretación; pregunta directo. Casi siempre pensaba algo más amable de lo que tu miedo supuso. Y tercero: cuida ese vínculo donde no tienes que impresionar a nadie; ahí se aprende a ser visto. Déjate ver, imperfecto y sin entregables. Eso sí: mostrarse no es exhibirse ni hacer de cada charla una confesión; es elegir bien ante quién bajas la armadura.
El lado bueno es este: no estás condenado a la soledad de la buena reputación. El reconocimiento que te falta no te lo niega el mundo; lo aplazas tú, cada vez que entregas una obra más en lugar de mostrar un rostro. La salida no es rendir mejor: es decir, alguna vez, una sola cosa verdadera ante alguien que no te está midiendo. La gente no puede valorar lo que nunca le mostraste. Así que muéstralo. Una cosa, sin currículum. Ser visto nunca dependió de lo que lograbas, sino de que te animaras a aparecer.
Eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo