La felicidad es un verbo
Crónicas del lado bueno
Hay un cansancio que no es el del cuerpo después del ejercicio. Es el de los que se presentan: alguien que llega a su trabajo agotado, adolorido, con el tanque en reserva, y aun así se para al pie del cañón y empuja un día más. Y en ese estado aparece una pregunta peligrosa, de esas que prosperan justo cuando uno está demasiado cansado para defenderse: ¿y todo esto para qué? ¿Dónde está la felicidad que el esfuerzo tenía que dar? La pregunta da por sentado algo: que la felicidad es un premio que llega al final, cuando uno por fin deje de cansarse. Tres pensadores dedicaron su obra a desmontar esa idea.
Empecemos por el griego. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, se pasa el libro persiguiendo qué es la felicidad. Y desarma el sentido común: no es el placer, que va y viene; no es la riqueza, que es medio para otra cosa; no es el honor, que depende de los demás. La felicidad, dice, es una actividad. Usa una palabra preciosa, enérgeia —de donde viene energía—: estar-en-obra, funcionando en acto. No eres feliz después de hacer bien tu trabajo, como si fuera el cheque que cobras al terminar. Eres feliz en hacerlo bien, mientras lo haces. La felicidad no es el destino del esfuerzo; es su forma cuando está bien hecho. Y agrega algo que cae como anillo al dedo a quien siente que le falta camino: la excelencia no se tiene, se adquiere, practicando. «Nos volvemos justos haciendo cosas justas, valientes haciendo cosas valientes.» Por eso el «todavía tengo mucho que aprender» no es lo contrario de la felicidad: es su método. El día que creas que ya no te falta nada, no habrás llegado: habrás dejado de moverte, que es lo único que la sostiene.
Pero el esfuerzo cansa, duele. ¿Por qué elegirlo? Ahí entra Nietzsche, que le puso el filo de la libertad. Tomó un lema del poeta Píndaro: «llega a ser el que eres». Y ojo, no significa «descubre tu verdadero yo», como si adentro hubiera un tesoro escondido. Es lo contrario: hacerte a ti mismo, forjarte a golpes, con calor y esfuerzo. Uno no nace siendo quien es; llega a serlo, y llegar cuesta. La libertad, entonces, no es la ausencia de carga: es la carga elegida. «La libertad de ser quien me esforcé tanto por ser» es Nietzsche puro: una identidad que no te regalaron, que conquistaste. Y el cansancio de haberla forjado no es el peaje que pagaste por la libertad; es la sustancia de la que está hecha. El que evita el esfuerzo no se ahorra un precio: se ahorra el ser libre. Es solo liviano, y liviano no es lo mismo que libre.
Falta el cierre, y lo pone Camus. En El mito de Sísifo, de 1942, retoma al hombre condenado por los dioses a empujar una roca hasta la cima, para verla rodar abajo justo al llegar, y bajar a empezar de nuevo, para siempre. El símbolo del esfuerzo sin recompensa. Todos esperarían que Camus lo compadeciera. Hace lo contrario: hay que imaginar a Sísifo feliz. Porque su felicidad no está en la cima —nunca se queda, la roca cae—: está en el empuje, en que la roca, mientras la empuja, es suya. «La lucha hacia las cimas basta para llenar un corazón de hombre.» Basta. No hace falta llegar. En el segundo en que Sísifo deja de esperar la cima y halla su dicha en el empuje, los dioses se quedaron sin castigo. La roca sigue cayendo, pero ya no lo derrota.
En criollo. Primero: mídete con la vara de hoy, no con la de tu mejor día. Presentarte agotado y empujar igual no merece reproche, merece reconocimiento. Dilo: hoy hice lo que se podía con lo que tenía. Segundo: honra el verbo, no esperes el premio. Haz una sola cosa con atención plena y nota que el hacerla bien, no el terminarla, es ya la cosa. La cima es mentira; el empuje es verdad. Tercero: no claves tus sueños en el cansancio de un día. Descansar no es renunciar; es lo que te deja empujar mañana.
Y la advertencia: esto no es una oda a reventarse. El esfuerzo que llena un corazón es el del que empuja su propia roca, no el del que se deja exprimir con la roca de otro. Sísifo es feliz porque la roca es suya. La pregunta honesta no es solo «¿estoy empujando?», sino «¿es mía la roca?». Cuando es sí, el cansancio tiene sentido. Cuando es no, es una alarma, no una medalla.
El lado bueno: estás cansado porque estás empujando una roca que peleaste por tener. El agotamiento no prueba que algo salió mal: prueba que estás vivo y en obra, forjándote todavía. La felicidad no te espera al final. Está acá, en el empuje, mientras lees esto demasiado cansado. La felicidad es un verbo, y lo estás conjugando, hoy, al pie del cañón.
Eso es hacerla linda.
Si le sirve a alguien, pásaselo