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Ensayo · Friedrich Nietzsche

El muro que encierra

Por qué no poder soltar un rencor es una celda que uno mismo construyó

5 junio 2026 3 min Friedrich Nietzsche · Epicteto · Jean-Paul Sartre

Hay un tipo de protección que, de cerca, es una cárcel. Alguien levanta un muro para que no vuelvan a lastimarlo. Funciona: el dolor nuevo no entra. Pero con el tiempo descubre algo incómodo: el muro no solo dejó el dolor afuera. Lo dejó a él adentro. Mantiene el daño fuera y la vida fuera, que es casi lo mismo. Y aparece la pregunta más difícil de todas: ¿por qué no puedo soltar? De eso hablaron tres pensadores, y de entenderlo depende salir de una celda que uno mismo construyó.

Friedrich Nietzsche le puso nombre al mecanismo en La genealogía de la moral, de 1887: lo llamó ressentiment. El rencor que no se descarga y se vuelve hacia adentro. El hombre del ressentiment no puede soltar una herida porque la herida se volvió su identidad —"a mí me hicieron esto"— y de relamerla saca una satisfacción amarga: la de tener razón. Pero ese veneno solo lo bebe él. El que cometió el agravio siguió su vida; el que guarda el rencor lo revive cada día. Revivir viejas heridas alimenta algo en uno — y eso que se alimenta se alimenta de uno. El rencor es el único veneno que uno toma esperando que se muera el otro.

¿Y cómo se suelta algo que duele de verdad? Epicteto, que nació esclavo y fue cojo de por vida, dejó la palanca en su Enquiridión: no nos perturban las cosas, sino los juicios que hacemos sobre las cosas. Entre lo que pasa y lo que sufro hay un eslabón —mi juicio— y ese eslabón está en mi poder. De ahí la dicotomía del control: lo que el otro hizo no depende de mí, ya pasó; cuánto lo cargo, cómo lo miro, qué hago con ello, sí. Por más agraviado que me sienta, ese sentimiento no es un decreto del mundo: es un juicio que sostengo. Y lo que sostengo, puedo soltarlo. El muro no es de piedra: es de juicio endurecido.

Falta la trampa más sutil: escudarse en "yo soy así", "a mí me hicieron", "no me queda otra". Jean-Paul Sartre, en El ser y la nada, de 1943, la llamó mala fe: la mentira que uno se cuenta para no cargar con su libertad. Estamos condenados a ser libres —siempre elegimos—, y eso da vértigo; entonces nos tratamos como cosas a las que les pasan cosas. Declararse víctima exonera, pero esa comodidad es la cárcel: si todo viene de afuera, no puedo hacer nada. La víctima tiene siempre razón y nunca salida. Salir no es negar el daño: es reconocer la parte que sigue siendo mía —qué hago ahora—. El muro lo levanté yo; yo puedo abrir la puerta.

Tres movimientos. Uno, Nietzsche: cuando te descubras repasando la herida vieja, nómbralo —esto no me protege, me encierra, y el único envenenado soy yo—. Soltar no es absolver al otro: es dejar de pagar tú su cuenta. Dos, Epicteto: separa lo que controlas de lo que no. Lo que el otro hizo, ya pasó; lo que sí controlas —cuánto lo cargas, si lo dices— ahí va toda la energía. La pregunta fértil no es "qué injusto fue", es "¿y ahora qué hago yo con esto?". Tres, Sartre: decir, en vez de amurallar. El instinto del rencor es callar y escudriñar; el contrario es expresar lo que sientes, claro y de frente. Lo que no se comunica no se puede reparar. Y dar la oportunidad: dejar que alguien demuestre con hechos que es de fiar, antes de cerrar el muro por miedo.

Ojo: soltar el rencor no es "todo es mi culpa" —eso es cambiar una cárcel por otra— ni decir que el daño no estuvo mal. El otro pudo fallar de verdad, y aun así conservo una parte: qué hago ahora con esto. Reconocerla no exonera a nadie; me devuelve el margen que el rencor me robaba.

El lado bueno es este: sostener un rencor cuesta una energía silenciosa que uno no nota hasta que la suelta. El que suelta no se queda indefenso — se queda libre. La puerta del muro nunca tuvo cerradura por fuera: la llave siempre estuvo adentro.

Bajar el muro antes de que se vuelva la casa. Eso es hacerla linda.

Si le sirve a alguien, pásaselo

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