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Ensayo · Byung-Chul Han

Consumir no es encontrar

Por qué la pantalla nunca llena

29 junio 2026 3 min Byung-Chul Han · Blaise Pascal · Søren Kierkegaard

Hay una escena que se repite y casi nadie la mira de frente. Una persona sola en su cuarto, de noche. No pasa nada grave: simplemente está sola. Y la mano, sin que nadie se lo ordene, va al teléfono. Empieza el desfile de caras, cuerpos, vidas ajenas que entran y salen de la pantalla. Cada una da un golpecito de placer y se va. Media hora después, deja el teléfono y el cuarto sigue exactamente igual de vacío. Un poco más, incluso.

Te voy a contar por qué pasa eso, porque tiene nombre y tiene cura.

Empecemos por el síntoma. Hay un filósofo, Byung-Chul Han, que en 2012 escribió un libro pequeño y filoso: La agonía del Eros. Han dice que en la cultura del consumo el deseo se está muriendo, y por una razón precisa: ya no toleramos al otro como otro. El deseo verdadero supone a alguien que se me resiste, que no puedo predecir ni poseer. Eso es eros: el coraje de salir hacia alguien que no controlo. Pero la cultura del "me gusta", del deslizar el dedo, hace lo contrario: convierte al otro en una imagen optimizada para darme placer sin sorprenderme y sin costarme nada. Han lo llama el infierno de lo igual. Y ojo: tratar al otro como estímulo no es exceso de deseo. Es anemia de deseo. El que consume imágenes no desea de más; desea de menos. Le falta el coraje del encuentro. La pantalla es cómoda justamente porque no tiene a nadie del otro lado.

Pero queda una pregunta: ¿por qué huimos hacia ahí? A esa la contestó, hace más de tres siglos, Blaise Pascal. En sus Pensamientos, de 1670, observó algo que sigue siendo brutal: el ser humano es incapaz de quedarse quieto y solo consigo mismo. Casi todo lo que hacemos —el ruido, la agitación, el estímulo sin fin— no es búsqueda de nada. Es huida. Su frase es una bofetada: toda la desdicha de los hombres viene de una sola cosa, no saber quedarse quietos en una habitación. No buscamos el estímulo porque nos haga felices. Lo buscamos para no mirar el vacío que aparece cuando paramos. El scroll de la madrugada es eso, exacto: no estás persiguiendo a nadie. Estás huyendo de quedarte solo con lo que sientes. Y lo mismo pasa en el trabajo: sostener una paz cómoda en vez de tener la conversación difícil. La misma huida, con corbata.

Y acá entra el tercero, que pone la salida. Søren Kierkegaard, en 1849, escribió que el sí-mismo no es un dato: es una tarea. Algo que uno tiene que llegar a ser. Y su enfermedad, la desesperación, tiene una forma silenciosa: perderse. Disolverse en lo de afuera —en la multitud, en el otro, en lo que agrada— hasta que ya no queda un yo, solo un reflejo. Kierkegaard despreciaba a la multitud porque nivela, diluye, vuelve a todos un promedio cómodo donde nadie sostiene nada. Su antídoto era duro y simple: conservar el sí-mismo, aun cuando incomode. No disolverte en la fantasía del otro. No doblarte hasta romperte para encajar en una paz que no crees.

Junta las tres voces y tienes el mapa. Han: volviste al otro consumo. Pascal: consumes para no quedarte solo con el vacío. Kierkegaard: no te disuelvas, ni en la pantalla ni en la paz cómoda; el sí-mismo es lo que no se dobla.

Porque al final la trampa es una sola, y es vieja: cambiar el encuentro por el consumo. Una imagen en vez de una persona. Una paz tibia en vez de una conversación verdadera. Las dos prometen placer sin presencia, y las dos dejan el vacío idéntico. Consumir no es encontrar.

¿La praxis? Pequeña y difícil. La próxima vez que la mano vaya al teléfono a buscar el golpecito, frena tres segundos y pregúntate una sola cosa: ¿qué estoy evitando sentir ahora mismo? No para reprimir nada. Solo para verlo. Casi siempre, debajo del antojo, hay aburrimiento, soledad o miedo. Nombrarlo le quita la mitad de la fuerza. Y después, quédate cinco minutos en el cuarto con eso, sin sacar el teléfono. Es lo más difícil del día y lo más liberador. Porque el vacío no se llena consumiendo. Se acepta. Y recién ahí, cuando dejas de taparlo, algo real puede entrar.

Eso es hacerla linda.

Si le sirve a alguien, pásaselo

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